El cloro y el acero inoxidable suelen verse como enemigos naturales. Sin embargo, en la práctica conviven todos los días en albercas, hospitales, plantas de alimentos y sistemas de tratamiento de agua. En algunas proyectos se puede decir que la combinación funcionan perfectamente y en otros pueden provocar la aparisión de la corrosión.

La clave está en la concentración de cloruros, la temperatura, el tiempo de contacto y la correcta selección del tipo de acero inoxidable. Cuando estas variables se controlan, el inoxidable puede desempeñarse de forma confiable incluso en ambientes clorados. El problema no es el ion cloro en sí, sino la concentración, el tiempo de contacto y el tipo de inoxidable.
El cloro puede provocar daño en el acero inoxidable si este se ve afectado por otros factores, por lo que hasta para realizar limpieza en este material se recomienda leer los ingredientes ya que muchos limpiadores tienen cloro. Por otro lado, tomar en cuenta la herramienta con la que se hace limpieza ya que al borrar la capa de protección con el paso de los años se puede dañar el material.
Existen diferentes grados en el acero inoxidable, sin embargo, los acero inoxidable austeníticos están sujetos a la precipitación de carburos de cromo en sus contronos de granos. El cloro se puede utilizar siempre y cuando sea con precaución y el acero inoxidable puede matenerse intacto si se realizan los mantenimientos adecuados.
Fuente: Todos los hechos
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